Cloud Gate. Crédito: Conner Freeman/Unsplash

Chicago, la cuna de los rascacielos

Su arquitectura ha inspirado a otras ciudades

Cuando piensas en un ‘skyline’ siempre te imaginas Nueva York. Sin embargo, hay otra ciudad con edificios versátiles y originales que ha protagonizado menos películas pero que marca la modernidad en Estados Unidos: Chicago. Sus calles no te serán familiares, pero te sorprenderán a cada paso.

Autor: Juanjo Robledo

Torre Willis
Crédito: Tim Trad/Unsplash

En el Millenium Park, frente a la plateada Cloud Gate del escultor indio Anish Kapoor, no solo verás tu rostro, sino el perfil del ‘skyline’ de la ciudad. Sus habitantes le llaman The Bean (la alubia) por su forma arqueada y casi mágica, como el cuento del niño que sembró unas alubias que crecieron hasta el cielo. Aquí también subirás al cielo y verás gigantes de acero, rascacielos con tesoros.
El parque surgió en un cruce de carriles abandonado donde antiguamente había florecido el Chicago de los gánsteres y los cabarets. Hoy es un museo arquitectónico al aire libre en pleno Loop (centro de la ciudad) y donde tu curiosidad no sabrá qué elegir. De un lado, la hipnótica Cloud, y del otro, el pabellón de conciertos Jay Pritzker, cuyas formas metálicas y orgánicas son creación de Frank Gehry.
Déjate guiar por las risas y aparecerás en medio de una lámina de agua enmarcada por dos torres de leds que proyectan rostros y paisajes, y que, durante los calurosos veranos escupe chorros de agua. Es la Fuente Crown del artista español Jaume Plensa.

Chicago
Crédito: Siraj/Unsplash

Alrededor surge una selva de rascacielos, más de 70 rozan los 200 metros de altura. Desde la emblemática Torre Willis (antes Sears), el edificio más alto del mundo hasta 1998 (442 metros), a la Torre Trump (sí, del actual presidente), de 423 metros. Aquí nació el primer rascacielos en 1884, el Home Insurance Building, un edificio de 42 metros que sentó las bases del boom de la construcción con estructuras de acero.
Camina por la calle Randolph para ver la evolución de los edificios, de los neogóticos a los que recuerdan a un juego de Tetris.

Cómete una pizza, la especialidad de la ciudad, y tómate un Martini en el Green Mille, el bar favorito de Al Capone, mientras escuchas jazz y ves la silueta de Chicago al atardecer. Y si no sufres vértigo, sube a lo más alto, el skydeck de la Torre Willis con sus aterradores balcones transparentes que te harán sentir como Neo sobrevolando los escenarios de ‘Matrix’ (las hermanas Wachosky, creadoras de la saga, son de Chicago). También puedes saltar de edificio y asomarte al observatorio de 360 grados del John Hancock Center, la mejor vista de la ciudad con el enorme lago Michigan. Allí los balcones se inclinan al vacío.

Fuente Crown
Crédito: Matthew T Rader/Unsplash

Desde el mirador puedes ver la Torre Tribune, sede del periódico Chicago Tribune, un edificio neogótico que tiene incrustado en sus paredes trozos del Taj Mahal, el Partenón, la pirámide de Giza, Notre Dame, la Gran Muralla y el Muro de Berlín. También verás el muelle Navy Pier, ahora convertido en un centro de esparcimiento con restaurantes, cines, el museo para niños más grande del país y su clásica noria.
Todo lo que ves surgió después del incendio que arrasó la ciudad en 1871. Chicago entonces era un pueblo comparado con Nueva York y todos sus edificios estaban hechos de madera. De la tragedia surgió el ímpetu de crear una nueva ciudad sin límites a la imaginación. Entre los edificios neogóticos de la Universidad de Chicago, donde han salido la mayoría de los premios Nobel de Estados Unidos, se percibe la importancia de la arquitectura para la ciudad. Muy cerca puedes asomarte a la obra, maestra de la llamada Escuela de Chicago, que sirvió de motor e inspiración no sólo a la ciudad, sino a la forma de construir en el mundo: la Casa Robie de Frank Lloyd Wright. Esta mansión de 1908 con espacios amplios, luminosos, interconectados y diáfanos podría ser la portada de una revista de diseño actual.

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