Wari

Ayacucho, viaje a la primera ciudad de los Andes

Aquí nació el imperio preinca Wari

Wari fue el epicentro de un imperio que duró seis siglos (del año 600 al 1100 D.C.) antes de los Incas, y que se extendió en gran parte de la Sierra y la costa. En su momento de esplendor llegó a tener más de 70 mil habitantes y sus edificios, revestidos de yeso blanco, brillaban como un pueblo del Mediterráneo.

Autor: Jotart

Construcción en Wari

El primer conquistador que llegó allí, Pedro Cieza de León, no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Ya se había topado con construcciones incas pero éstas le  resultaban muy diferentes. En la primera crónica del Perú de 1553 describe que los lugareños afirmaban que aquellas ruinas estuvieron habitadas por hombres barbados y blancos como los recién llegados.

Se llama Wari y, a pesar de su importancia, sigue siendo un misterio. Lo primero que te llamará la atención es su recinto amurallado con paredes de hasta siete metros de altura. Luego verás trazados de callejuelas estrechas que se extienden por más de 2 mil hectáreas.

En el museo del sitio te explicarán que el núcleo urbano estaba dividido en barrios con edificaciones de hasta seis niveles, templos, tumbas, plazas, acueductos… Por su urbanismo y su diseño utilitario Wari es considerada la primera ciudad andina, por delante de Tiwanaku o las posteriores Chan Chan y Cusco que surgieron en torno a un culto religioso.

Plaza de Armas

De aquí han surgido símbolos extendidos por todo el país como el Dios de los báculos (Huiracocha) que heredarían los Incas o la cerámica como expresión religiosa y cultural. Los dibujos actuales de las artesanías ayacuchanas, reconocidas en el mundo como un rasgo de Perú, no difieren de las Wari: dioses, llamas, flores, plantas, frutos.

Aya significa alma y cucho rincón. Ayacucho, el Rincón del Alma. Así bautizó Simón Bolívar a la entonces Huamanga por la batalla que selló la independencia de España. Hay quienes difieren y lo llaman Rincón de los muertos por el gran cementerio Wari que hay bajo tierra. Ambos mundos, el pasado y el presente, están unidos por el hilo artístico de las familias artesanas que han heredado el oficio y la leyenda wari.

Retablo ayacuchano

Sentado en la Plaza de Armas de esta ciudad histórica y remota por su difícil acceso, sentirás que estás acercándote al corazón del país. El turismo apenas se asoma por estas tierras y aún tienes el privilegio de estar descubriendo un secreto.
La plaza está inspirada en Trujillo en España y las coloridas casas coloniales en mansiones de Sevilla o Granada. Su Semana Santa es de las más importantes del país y su Carnaval es Patrimonio Cultural de la Nación.

Si sigues la ruta de sus 33 iglesias coloniales, con retablos bañados en pan de oro y piedras de Huamanga (alabastro) talladas por los indígenas con alusiones a la naturaleza, llegarás a los barrios artesanales de Santa Ana, Puca, Cruz y Belén. Allí te abrirán sus puertas para que veas la elaboración de muchas de las artesanías que identifican a Perú: tejidos, mates burilados, cerámicas con rostros de deidades prehispánicas y los emblemáticos retablos ayacuchanos, una síntesis del colorido indígena con los belenes católicos en un cajón de madera.

En el Museo Textil o el Museo de Arte Popular puedes conocer las técnicas, los motivos, la tradición que aún se conserva y se exporta a todo el mundo. Luego puedes subir al mirador de Acuchimay con las mejores vistas de Ayacucho para ver la montaña que guarda las ruinas de Wari.

Después de fabricar y pintar sus cerámicas religiosas, el pueblo Wari las rompía y las depositaba en pozos para atraer la lluvia o la ayuda de un dios. Aún no se sabe por qué desaparecieron y la mayor parte de la ciudad sigue enterrada pero si tiras del hilo puedes encontrarte frente a tus propias raíces.

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