Los misterios de Nasca

Las huellas del desierto

Una civilización perdida hace siglos, enigmáticas figuras sobre la arena del desierto y decenas de teorías que intentan explicar el cómo, el cuándo y el por qué. ¿Se te ocurre un destino más fascinante?

Autora: Eugenia Fernández

En la vida hay cosas que son cuestión de perspectiva. En el caso de las líneas de Nasca quizá más. Tatuadas en la arena del desierto peruano desde hace siglos, tuvieron que esperar a ser descubiertas por los pilotos de los primeros vuelos comerciales, hacia los años 30 del siglo pasado. Figuras geométricas, animales y seres sobrenaturales ‘pintados’ a gran escala se extendían entre los valles de Palpa y Nasca, a lo largo de unos 450 kilómetros cuadrados. En 2018, 50 nuevas figuras fueron descubiertas con la ayuda de drones y satélites en la provincia de Palpa. Algunas llevaban allí desde el 500 a.C., pero hacía falta mirarlas con nuevas perspectivas (y tecnologías) para encontrarlas.

El término correcto para denominar a estas figuras es ‘geoglifo’, que significa “grabado en la tierra”. Fueron realizados por la cultura Nasca (50 – 650 d.C.) y otras anteriores, como Paracas (800-200 a.C.) y Topará (200 a.C. – 100 d.C.), a las que se cree que pertenecen la mayoría de los nuevos geoglifos encontrados. Para ‘pintarlos’ había que retirar manualmente las piedras oscuras, oxidadas por el contacto con el aire, y descubrir el suelo de color claro que había debajo. Las piedras se colocaban en los bordes para crear más contraste, o formando ojos, bocas y otros detalles.

Uno de los grandes enigmas está en cómo pudieron crear desde el suelo estas figuras tan estilizadas y realizadas a un solo trazo. Sin perspectiva. La perfección de las líneas y su gigantesco tamaño –entre 50 y 300 metros– no hace sino alimentar las leyendas en torno a estas pinturas rupestres a gran escala. En la cultura Nasca lo sobrenatural y lo real conviven, lo que ha dado lugar a diferentes teorías que van desde la ayuda extraterrestre en su construcción hasta que las líneas eran su manera de comunicarse con los dioses.

Para explorarlas, lo más conveniente es alojarse en un hotel cercano, como Casa Andina, junto a la Plaza de Armas de Nasca, y contratar una excursión en avioneta para descubrirlas desde las alturas –cuestión de perspectiva, ¿recuerdas?–. Un guía te irá explicando las diferentes figuras: el mono, el colibrí, la araña y procurará desentrañar los misterios que giran en torno a ellas. Cuidado, que enganchan. María Reiche, investigadora alemana enamorada de las matemáticas y de los enigmas, no volvió a separarse de ellas desde que las conoció de la mano del arqueólogo peruano Julio César Tello a principios de los años 40.

“La dama de las líneas de Nasca”, como se la llegó a conocer, dedicó su vida a estudiarlas y protegerlas. Construyó un mirador desde el que poder observarlas y fue una de las primeras en trazar un mapa completo de los geoglifos. “La mujer que barría el desierto”, como también se la conocía, midió casi medio centenar de figuras y mil de estas líneas utilizando únicamente una cinta métrica, una brújula y una escoba. Fue una de las principales defensoras de la teoría astronómica, que veía las líneas de Nasca como un gigantesco calendario solar y lunar, utilizado para predecir las lluvias y las cosechas.

Desde los años 80, esta teoría ha sido sustituida por otra, que relaciona los geoglifos con actividades rituales. Restos de cerámica, textiles y otros objetos, así como una superficie compacta, que sugiere frecuentes recorridos a pie por encima de ellos, son las principales pistas. Aunque esto puede cambiar, por supuesto. La arena del desierto puede ir revelando más líneas y más misterios. Todo dependerá de la perspectiva con que lo miremos.

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