Aruba, la sofisticación de los holandeses en El Caribe

Bienvenidos a la isla feliz

Playas blancas donde anidan tortugas, aguas turquesas, arquitectura europea, cuevas milenarias, tiendas de lujo, buen humor. La postal perfecta existe: Aruba.

Autor: Juanjo Robledo

Arquitectura holandesa en Oranjestad.

Conocida como la isla feliz, Aruba forma parte del Reino de los Países Bajos pero goza de autonomía. Caminar por su capital, Oranjestad, es entrar en una pequeña Ámsterdam de colores intensos y pasteles. Casas rosas, verdes y mostazas sirven de escaparate para tiendas de lujo, restaurantes y museos como el Arqueológico o el Histórico, donde se cuenta la historia de los primeros pobladores, los indígenas arahuacos. Más de 90 nacionalidades conviven aquí y se comunican en inglés, holandés, español o papiamento, una fusión de los tres idiomas. Un tranvía gratuito atraviesa la ciudad desde Puerto Call, donde llegan los cruceros, hasta la plaza Nicky. Desde allí puedes alquilar un coche, la mejor manera de explorar los rincones de sus 180 kilómetros de superficie.

Árbol curvado divi divi, símbolo de la isla.

El Caribe, con sus diferentes tonos azules, es el rey. A su lado se despliegan enormes playas de arena fina como Eagle Beach, al norte de Oranjestad. Allí conviven complejos de todo incluido con restaurantes que tienden sus mesas en la propia arena donde podrás degustar mariscos adobados en salsas dulces y picantes.

Es también el hogar de los Dividivi, árboles milenarios curvados por los vientos, que suelen servir de escenario para bodas. A pocos metros comienza el santuario de pájaros Bubali, un lago formado por el agua de una de las mayores desalinizadoras del planeta. Allí anidan más de 80 especies de aves migratorias.

Después de cruzarlo surge otra postal: Palm Beach. Aquí reinan las grandes palmeras, las tumbonas y los cócteles. Playas como Hadicurari, Malmok y Arashi en el norte de isla y Grapefield y Baby Beach en el sur también cumplirán con tus expectativas de arenas doradas y aguas cristalinas. Pero es en Malmok donde los amantes del buceo y el snorkel se pueden sumergir para descubrir una de las mejores sorpresas de Aruba: el buque estadounidense Antilla. Hundido durante la Segunda Guerra Mundial, ahora es un esqueleto de metal invadido por corales y peces de todos los colores.

Formaciones de dorita y cuarzo en el parque de Arikok.

No sólo de playa vive Aruba. En el noroeste de la isla está el parque natural de Arikok. Sus bosques y zonas áridas como Casibari con montículos de diorita y cuarzo recuerdan a caparazones de tortugas. Podrás apuntarte a las excursiones en pequeños 4×4 para visitar también las ruinas de Bushiribana, conocidas como “las ruinas del oro”. De estas antiguas minas podría venir el nombre Aruba, el “oro que hubo” en español. En el parque se encuentra el punto más alto de la isla, el Jamanota, desde donde podrás ver toda la anatomía de la isla. Después de coronar la cima, lo normal es cerrar la jornada con un baño en la piscina natural que forman las rocas en el límite con el mar. Allí desaparecen las playas y comienzan los acantilados y formas caprichosas como un puente labrado por las olas o la cueva Fontein con estalactitas, estalagmitas y dibujos con más de 4000 años de antigüedad.

Aruba es una isla viva, con personalidad. Y si Jamaica tuvo a Bob Marley, Aruba tuvo a Bobby Farrell, el cantante del grupo de disco Bony M. En su pueblo natal, San Nicolás, al sur de la isla, se le recuerda con murales y clases de baile. Sus trompos, contorsiones y gestos cantando temas como ‘Daddy Cool’ o ‘Rasputín’ le valieron el apelativo del “hombre alegre”. Cada que vez que podía, Farrell visitaba la isla feliz para cargarse de energía.

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